martes, 26 de mayo de 2009

Re(¿cuerdo?)

Azules tintes perdidos dibujan sobre tus manos los días que transcurrieron sobre el arcén. Recobrar, ahora, lo inmediato, sería alcanzar-te ante ti, sobre ti, dislocada.

El tiempo desenvuelve el origen sobre los entumecidos cuerpos que no fueron más que sucesos. ¿Ahogas tu llanto? Tus labios se desdibujan sobre las leves pérdidas de orina que, en la noche, se deslizan furtivamente ante el espejo.

Los días pasa. Los días pasan; pasan y dejan sobre lo que pasan como marcha el que da. No hagas caso de las palabras que envuelven el habla. El tiempo desenvuelve el origen y nada podrá reunirlo sobre las tierras etéreas del pasar.

Ahora escucha: el hecho de que un gato pierda una pierna no le obliga a caminar sobre cuatro patas por ser su raíz, ni requiere descender lo descendido alcanzar lo más alto. El suelo, entonces, se desdibuja y se sienta sobre su propio suelo, que, a su vez, reposa. Nada hay más doloroso que la jerga mal curada. Ahora:

Detrás de los abedules los jardines permiten caer más allá de sus días como quien cae sobre las oscuras mesas que anidaron tu balcón, balanceándose en las glorietas que no anduvieron nunca sobre al mar, los escarabajos descubren que cada día alguien los recibe con líquidos de bienvenida allá donde no alcanzan las nubes tu sonreír. Las cuatro paredes en las que te ciernes olvidan la puerta abierta.

No queda nada… tan siquiera ella se ofreció a socorrerte. Sólo los humos de los cigarrillos podría dibujar lo pasado.

miércoles, 11 de marzo de 2009

Cuando el cansancio entra por la puerta no quedan ya ventanas

Sin saber como, un día, podría ser que, al levantarse, uno sintiera el lastre de sus pies al ahogar el suelo con sus pisadas. Los taponados poros de la piel del suelo como erupciones volcanicas podrían labar las legañas de los cerrados ojos como el granito laba una cara y podría creerse que el hombre, fatigado ya, no tendría nada mejor que hacer que marcharse a cazar canguros al Nepal y perpetuar la vergüenza de la taza de café.
Pero, quieto e indiferente, sobre sí mismo, pendiente del excremento de paloma que pudiera caer, ya, sobre su sien apelumbrada, reside en su interior la palidez del hielo pasado... no concibe como él es ahora aquél y se pierde en la narración de lo que él ha hecho al no ser ya más que uno más... ¿Cómo llegar a ser alguién entre los miles de personas que cruzan en una hora un semaforo de la Diagonal?
La multitud enbellece la ciudad, y la ciudad bella és el mayor de los males.
Luego pesiste sobre sí el hombre, total y unicamente sólo, incomprensible e incomprendido... ah!, y todo lo perdido... ah! y todo lo adquirido que apelmaza el ser del día... Dónde resta el ser de nuevo con la muerte más cercana aún que las hormigas de la alacena.
El sofa no descansa más que cuando no da descanso... "¿Cuando descansa el hombre? ¿En qué no descansa?" se dice, y vuelve a caminar.
La libertad de una vida atestigua el fracaso del ser cuando el modelo ha huido porqué el frío le impedia posar su desnudez: Somos grandes pintores, pero la lentitud nos mata. -¡Bajad el aire acondicionadao!-
El hombre, luego, llega al pasaje de la intimidad nostrada y se palabreja y se complementa a sí consigo mismo haciendo en, desde, para, con, contra, a, ante, cabe, de, bajo, hacía, tras, hasta, sin y según sí como una nupcial descarga del intelecto sobre el cuerpo... Más tarde llega la culminación: El mundo, la tierra, la noche, el velo, la luz, un mundo, el orto, el culo, la mierda, el ojo, el deseo, la satisfacción, el sindrome, el trauma, la cosa, el ente, el hombre, la silla, la jarra... De este modo, levantas los ojos y la mesa no es ya mesa... qué distante és el mundo en la cercanía del habla. No recibes ya... nadie te entiende y tu no entiendes a nadie -pues nadie es un sujeto de difícil comprensión-...
Como se aleja el ruido del mar en el oleaje... qué gran dolor pesa sobre la grave mirada de la huida nocturna... ¿Dónde están los demás si estan de más? Que gran rotura de la vida... el lenguaje... ¡Qué gran soledad!
Reglamento de construcción: Piedra sobre piedra con mortero rico en porland entre medio; nada de cal, que se arruga; se plancha y listo para servir...
Ell pan es cada dia más como las ancas de una sardina y escasea la eficiencia del eficiente señor que soñaba aceitunas.
¡Qué gran dolor escribir!... poner tan lejana la gente que... Sentar tan aparte el mundo que... Despues miras y no queda nada... Despues callas y no queda nada... Desgastado esta todo por la erosión de la brisa que el hablar causa... Pero, como callar ahora... Ahora es cuando menos uno ha de callar... Resta el sueño y la incomprensión de porqué no entras... "El dolor del mundo embriaga al que no encuentra sustento en la tierra", dijo una vez... acto seguido se tumbo a dormir sobre el cesped.

jueves, 5 de marzo de 2009

Delphos

"el ente sólo pued ser, en cuanto ente,
si está dentro y más allá de lo
iluminado por esa luz"
M. Heidegger, El origen de la obra de arte


Gira sobre sus aspas en mar ajeno el reloj ya estropeado que colgara en la pared, pierde el lienzo, rueda un cuadro y limita la possibilidad del ser. ¿Quién reordenará sobre los tejidos rotos del vestir de los árboles los destinos quebrados que han de acaecer? Como una flor, la risa desguaza las algas del estancado sueño de un leve jardín... ¡Demasiado temprano!... siempre es demasiado temprano. Y las lisonjas esparcidas como dadivas de santidad reclaman esconder sus piernas bajo el taburete de la castidad. Las tijeras caen sobre la mesa y no cortaron nada antes de que el reloj se detuviera... después de ello no quedaba nada por cortar.

Pende el reloj sobre oceanos lejanos y pretende calcular un tiempo que no está. El Porvenir a pasado y a dejado un recado para el Recuerdo: "volveré en cuanto pueda"; al despedirse a olvidado concretar cómo. En los bares descansan las esperanzas de que cese el diluvio y Noé no atiende a la palabra de Dios que, al mojarse, se esparció sobre el papel en una gama de aguados pisapapeles que reclinan su cabeza en el saber de las polillas.

Através del vaso se desfigura el reloj que reclama el futuro; este pasa de largo y la luz alumbra las huellas que desdibuja el mar tras sus pisadas. Algo dice que lo pasado aún está por pasar y que lo ocurrido nunca terminará de acabar; saber estas cosas podría perturbar el sueño de aquel al que le fuera destinado el dormir, mas: no debe permitirse que el destino desentrañado impida vivirlo tal como se desvela.

martes, 24 de febrero de 2009

Cosmologia

Como pensar los mundos subalternos estando ya en las profundidades, y como se pasa tan fácilmente del uno al otro, són cosas que deberías preguntarselo mejor a él... Él, que nos observa desde la celda en la que lo hemos situado pendiendo sobre el vacío, fijo sobre un lugar, narrando los acontecimientos de un mundo que no es más que el mundo que vivimos y, no obstante, es mucho más: és todo lo que dice mientras se mantenga en silencio, y se ahogan sus manos sobre el pezcuezo de dias transcurridos por y entre sí, descritos a la perfección por el suave murmullo del callar de las palabras, mientras estas lo rodean, ahogadamente, lo cercan y caen bajo el abismo del sentido, perdiendo, ya, todo valor, toda su posibilidad de verdad, ante lo ojos del oyente que entiende lo que dicen.
Y los gritos de los condenados se esparcen hasta las grutas de la comprensión: Si se las pudiera entender, sus palabras, tal vez cabría la possibilidad de que fueramos igual, uno más: otro uqe habla como las luces de la mañana y la huida del Sol al despertar, cuando, en la ciudad, las luces abandonan sus multiples naceres y se aúnan, siendo todas ellas una sola, en el cielo.
Y pende desde su celda, él, haciendolo todo posible y comprensible, narrador insaciable de la sangre del mundo -mientrea las guadañas oxidadas de los almacenes pintan cascadas de vida en las manos del desconocido que no lo escuchca contarle-, perdido, asfixiado por su propia seguridad de ser inseguro, y se habla, se comprende, y sabe qué callar cuando le pregunten por los frutos de los dias, pues ve caer la arena que llenará, algún día, los muros de la ciudad cuando, como la luz, el vivir se segregue, del cielo a la tierra, sobre los epicentros establecidos, previamente, sobre la faz de la ciudad, multiples vidas de multiples puntos preestablecidos, desunidos y vinculados, comunidad de los sordos y los libres en la tozudez estable de ser solo uno mismo.

viernes, 2 de enero de 2009

El parto

¡Que gran dolor, el de un dios al nacer!:
La sangre fluía entre los cuerpos descuartizados, sobre el aire... ¡con que desesperación se desgarraban los buccinadores de los aún supervivientes, por la rabia de un último grito de aceptación!
En la lejanía, sobre las casas, el fuego cocía aquellos que no pudieron actuar... todo tan inesperado...
El vino y la música cruzaban el aire, los alegres fritos y el regocijo envolvían a los cuerpos, aún en pie, mientras la festividad se extendia por la pradería. ¡Ni el ejercito más numeroso del momento habría sido capaz de deborar tanta carne!
Las contracciones de la tierra eran cada vez más fuertes bajo los pies de la victoria al danzar.
Por un momento, tras una copa levantada, el silencio junto al llanto del nuevo sol:
- He saldado vuestras deudas; ahora me debeis fidelidad por la felicidad otorgada.

Creación

Quisiera explicarte ahora cómo podría nacer un Dios; cómo la primera manifestación de su existencia, silenciosa, parecería la atracción de dos cuerpos ajenos que se reconocen mientras la brisa del mar desliza, sobre la arena, un suave vapor aceitunado empujando el agua contra los acantilados, dibujando y dibujandose sobre las rocas para retroceder y huir, confusa, en el momento preciso en el que, agua sobre tierra, se pierden las medidas de la distancia y la diferencia entre los seres.
Es ese el momento enn el que unn punto resume, por un instante, todos los instantes y momentos que vendrán, que han venido, como nuevo punto de emanación que nos diera a entender, por un instante, sobre sí, todo lo sucedido, como si fuera él la causa y no el efecto de lo pasado, de lo que pasa o pasará; manteniendose ajeno al tiempo.
Y con la sonrisa picara de un niño que encontrara, tras un soplo de tramontana, el color de su vida, altivo ya como un don de la nada, se posa el Dios sobre unos labios que se desdibujan entre sí como se borran los dias, uno sobre el otro, al pasar. Nada podrá ya volver a ser como era, nada será ya como es... una verdad ha nacido sobre un instante borrado para siempre de los calendarios, contenido, unicamente, en tí, en mí, y los historiadores se preguntarán aún por la linealidad y las causas de los aconteceres.

Reencuentro

Cuando lo terminaste pensaste que sería un buen lugar desde el que poder comenzar; luego el tiempo se adueño de él. Ahora que lo observas, envejecido, inseguro, ante tí, no sabes si serás capaç de reempezarlo. Observas tus manos...

miércoles, 15 de octubre de 2008

Indistancia

Corre! Deprisa! Apresúrate a adentrarte en tu habitáculo, sobre tus cuatro ruedas, en tu mundo cerrado, alieno del viento, y cruza las largas distancias que separan lo eterno del hombre. Corre, apresúrate: de lo tuyo a lo que es para ti, sin tiempo entremedio o con un tiempo ínfimo, con un tiempo siempre medido sobre ti, sobre aquello hecho por ti para cruzar el largo espacio entre lo tuyo y lo que es para ti; para aunar, rápidamente, el circulo y perpetuar la eternidad de lo humano que solo da al hombre.
Sobre el arcén, velocísimo, elimina la distancia entre un hombre y el otro, borra aquello que no sea mundo humano, que no sea ciudad; únete a ti mismo con tus hermanos, salva las yuxtaposiciones con la total velocidad de tus medios creados para la mezcla, para lo indistinto, para que sea todo tan tuyo como del hombre… tú, hombre entre hombres.
Salva el espacio eliminando el tiempo… Que cada hora sean cinco minutos y cada cinco minutos una ciudad. Entrégate al pasar volátil de los coches y olvida que algo hay en el exterior de la ciudad; deja allí, sobre el arcén, los restos de las cosas que pasaron: flores sobre los guardarrailes, matriculas arrancadas, restos de goma de ruedas… todo misterios que nos hacen presente la muerte del exterior, y tú, hombre, hablando solo para el hombre, callado siempre para el mundo, complácete en eliminar, en cruzar velozmente aquellos espacios en los que tu hablar dice nada, allá donde no se te comprende y permítete, de vez en cuando, salir una noche a la aventura:
Andar por el arcén de una tierra desconocida, en busca de un lugar seguro en el que pasar la noche, cansado después de andar todo el día. Ver como cae la tarde, oscurece y la carretera se introduce en el bosque. Escuchar lo aullidos de los lobos a una lejanía tal que notas demasiado cercano el miedo. Correr! Correr entonces, y pensar: “estoy en el mundo del hombre, los lobos no pisarán el arcén; el afuera no puede atacarme”; y alcanzar la ciudad.
Y seguir tus viajes, siempre, dentro de ti, en tu habitáculo, de ciudad a ciudad, de hombre a hombre, siempre dentro de ti hasta que el exceso sea tal que seas tu mismo quien te mates, inmune ya a lo externo, con un cáncer de garganta.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Comunicar

Ocasionalmente y de modo intermitente, en Francia acostumbran a recibir algo que podría llegar a definirse como un estracto de escritura. Verdeazulado o grisaceo, marrón o color carne, el trozo de papel termina, usualmente, colgando de la pared de cualquier comedor de una casa de familia numerosa; la cual, sedienta y hambrienta, no presta la menor antención a aquello que les permite no ver el desaguisado del yeso que mal cubre la pared.
Puesto que, este tipo de construcciones, acostumbra a tener, para disimular su poco espacio, unos grandes ventanales, el sol acostumbra a iluminar toda la estancia haciendo que, con el paso del tiempo, los papeles se descoloreen e incluso pierda lo que, por exceso de tinta, expresaban. Por ello, mal que a disgusto de sus padres, los niños acostumbran a pintar las paredes intentando imitar los aún demasiado extraños, para ellos, dibujos que veían en los papeles expuestos al sol.
Mas llega un momento -y este momento siempre llega, dado que el lenguaje siempre lleva su tiempo- en el que el gobierno francés decide intentar recuperar alguno de los estractos de escritura perdidos. Entonces cuelga carteles por las calles de sus pueblos y ciudades reclamando a todo aquel propietario de dichos papeles coloreados que se los entreguen; que hagan uso de su buen patriotismo y les entreguen los papeles recibidos del exterior, pues "de estos depende el futuro de la nación y la estructuración del estado en relación al exterior".

viernes, 22 de agosto de 2008

La Fuga

Alzas los ojos por encima de los lomos de tu montura y ves, sobre la llanura, dibujarse el cielo como una caricia deslizandose sobre un cuerpo dormido.
Sientes aferrarse fuerte a tu pecho unos brazos y notas volcarse sobre tu espalda todo un cuerpo, llenando tu interior. Y sabes que mientras así cruces las palidas ciudades de lo humano nadie podrá impedirte ver el cielo (unido a la tierra, fundido en el mar) tras los opacos cristales de las voluntades ahogadas.
Te entristece el presagio dulce y advisor de unas nuves queriendo ser tierra sobre dos cuerpos tendidos en el cesped de un pequeño parque urbano, y te vuelcas, con fuerza, sobre el cuerpo que en tí se volcara, aferrando, ambos, las riendas de vuestras monturas.
El Sol perpetúa al amanecer y, tras cada instante, nace una nueva forma de entenderlo todo, suave y exigente como el llanto de un dios reciennacido.
Entonces, sobre sus labios, en la ciudad, a la intemperie multivocifera de una llanura limitada por el horizonte, os desvaneceis, abrazados, y comprendeis que aún queda lugar para la poesía.

jueves, 24 de julio de 2008

Esperar nada (reflexión sobre "Penelope" de J.M. Serrat)

El sauce, ya sin hojas, descansa, a la espera, ahora, de nada, en la estación; mientras ella, joven como había sido, se despide de aquella primera voz que intentara recordarle lo que fue.
Como cada mañana –vestida de domingo, bolso al hombro y abanico en mano- se sentó sobre un banco en el andén y observó los trenes que al pasar escupían y absorbían gente que no esperaba nada. Mas, no era a ellos a quienes esperaba. No era, tampoco, y nunca nadie lo entendió, el amor lo que esperaba; ni tan solo esperaba ya a su amante - pero él tampoco lo comprendió.
Con la mirada perdida, el horizonte sobre sus pies y su andar casi de puntillas por un mundo que no es el que quería, que nunca fue el que esperara, aguardaba, cada día, hasta el anochecer, la partida de un hogar tan hecho ya, tan lleno de cosas que no dejaba espacio para quién no quisiera ser solo alimento de los trenes.
Y, con la esperanza marchita y la falta de decisión para actuar -¿qué hacer?- esperaba -espera aún- que un día parta el último tren, el último de todos aquellos trenes que una tarde plomiza de Abril devoraron a su amante. Alberga en ello la esperanza de que, quizá, en aquel momento, manifestar su fe fuera llenar nada: hacer. Entonces, se dice, con el caer de la noche, regresaría a su casa con el deseo de que, mañana, al llegar a la estación, no saldría ya ningún otro tren: Habría al fin espacio para la acción.

miércoles, 23 de julio de 2008

Vida interior

Como un sirope de fresa al derramarse sobre la superficie de un helado de nata llena de protuberantes trozos de cacahuete, el odio se esparce sobre la ciudad mientras sus habitantes callan:
Es de noche y, dado que siempre se ha creído que en la noche gobernaba el silencio, se prohíbe decir nada, tal como si el silencio y el habla se relacionaran de algún modo.
Bajo la claridad total de una bombilla y con permiso de habla una vez ahogada la noche, un hombre reposa en un sofá mientras se entretiene con un programa de televisión a la espera de que llegue la hora de cenar; dos paredes más allá el hijo del vecino, al que solo saluda al cruzárselo por la escalera, llora.
Entretanto, su mujer se dispone a hacer un par de bistés una vez preparada ya la sopa. Se detiene un instante para mirar a través del cristal de la cocina y una leve brisa la arrastra a orillas del mar, sobre la punta del muelle de su ciudad natal, donde, siendo aún mozuela, se cruzó por primera vez con su marido. “Tienes los ojos de un azul tan intenso que se me semeja que acabaras de bajar al espigón para llenártelos de agua marina”, le dijo él una vez; “sin lugar a dudas”, se dice ella ahora, “es por ello que mis ojos derrochan agua salada al pelar una cebolla”.
En el centro de la noche, el niño empieza a gritar mal no saber, por falta de edad, hablar, aún. En el piso de encima un estudiante de filosofía lee este relato y se sonríe de la excesiva humanidad que tiene el texto, calla y, solitario, sin haber dicho nunca nada, se ahoga en su propia risa.
El ruido del cuerpo del estudiante al caer contra el suelo despierta al padre del niño que gritaba mientras el vecino del segundo segunda llega, al fin, tras una dura jornada de trabajo y con el mono sucio de grasa, a su casa: abre la puerta, se tumba sobre su cama y se duerme.
Una vez haya regresado de su viaje al pasado, la mujer del hombre que descansaba sobre el sofá, le avisara que la cena está servida; comerán viendo juntos, como cada día, el telediario y, al terminar, se irán a dormir en el mismo momento en el que el padre soltero alcanza a socorrer el llanto de su hijo. De este modo, al asomar su cabeza por encima de la baranda de la cuna, cesará el llanto y, entonces, él lo acariciará y se percatará de que ya no respira.

lunes, 21 de julio de 2008

El ahogado

Ahora, descalzo y sobre la moqueta, te escribiría una carta de amor sino fuera por el ruido de un autocar al pasar. Mas, mí escribirte ahora no sería como el sollozo de un cuerpo sin aire que necesitara hablar para convencerse de que aún respira; por el contrario, sería, tal vez, como el susurrar desde el interior de una escafandra, bajo el mar, llena de un aire totalmente artificial, creado con la única finalidad de transportar las palabras que te escribo; mal que nunca las pudieras escuchar, mal que nunca fueran tuyas las palabras que te diera sobre un papel.
Por ello, por el saber que no serán tuyas mis palabras, más que por todos los autocares venideros, no te escribo ahora la carta que te escribiría y callo -sin aire, ya- y dejo que las cosas me digan.

Consumir

El silencio se llena por el roer de una mandíbula cuando la noche ha disimulado la forma de los cuerpos; momento en el que el dolor podría ser el placer o una flor silvestre en un prado de amapolas, de tan indiferenciado que estaría; y lo que llenara aquello que muerde podría ser, en un momento de olvido, la propia sangre del ahogado que, silencioso y sin hacer manifestación alguna de sí, grita y enloquece por y entre las cosas que lo señalan y lo hacen presente.
Tal vez, en esos momentos, solía haber, en los tiempos pasados, un excesivo consumo del flujo de vida; hoy en día, el ahogado fluye. Pero es entonces, en el centro de ese fluir, que se escucha, por las noches, el feroz mascar de unas mandíbulas que podrían ser tobillos o estomago, y por debajo de las puertas corre la sangre, y el ahogado despierta con el cuerpo lleno de urticaria y con sus tripas en su boca.

jueves, 17 de julio de 2008

Cae el horizonte

Ver perfilarse en la distancia algo parecido a una luz sería como intentar afirmar que estás a oscuras, mal no estar convencido de ello; dado que, donde te hallas, no es más que el largo susurro de un vendaval que no toca nada.
Por unos momentos, con la cara ensangrentada, creerias sentir algo fluyendo sobre tu rostro, si no fuera por el suspiro meditabundo de una ciudad deshabitada.
Piensas que quizá deberías andar y, sin embargo, crees que ya estas andando, pues es tan sin nada el lugar donde te encuentras que nada no puede ser ocupada, tan siquiera por la oscuridad. Retomas, por un instante, lo sucedido y se desdibuja la posibilidad de que se manifieste una luz.
Te preguntas por si realmente haces algo y, no obsante, sabes que no has dejado nada por hacer.
Más tarde, el viento susurrará cada vez más fuerte, como si una ciudad desolada gritara en la lejanía; solo entonces sabrás que no estabas y dejarás que, sin más preambulo, caiga el horizonte.

martes, 15 de julio de 2008

El ruido del mar

Tras cerrar los ojos, y como si la falta de luz fuera suplida por un extraño suspirar de olas repetidas, el recuerdo se posa sobre la ausencia de visión de tal modo que, al parecer, ves, repetida escena sobre escena repetida, un conglomerado de lo que fuiste o quisiste haber sido. Y preguntas "¿quizá... tal vez... mañana...?"
Pero lentamente, al cruzar unas vías nasales un tanto estrechas, el mar enfurece, estruendoso, contra las rocas y, en ese callado instante, ya no estas donde te ves:
Un árbol sobre la puerta de una casa anuncia cual campana que es hora de comer, mientras las setas focalizan la dirección de sus múltiples raíces sobre la mesa del comedor: tienen hambre y bueno fuera no tener que esperar, mas los días aún no están del todo hechos y es voz popular que crudos no saben a nada. Talvez ahora que recorre el aire una perdiz sobre los lomos de un transeúnte grisáceo que parecería ser un mapache de no ser por las negras ojeras que rodean su mirar, podría ser el momento de dejar cantar a Gizbo en la piscina mal que hayan tocado las doce. Entonces te levantas y tienes los ojos ensangrentados; ves sus pelos, sus ojos, sus sueños y recuerdas que no son los tuyos, bajas de la cama y tropiezas con una anguila asfixiada que dormía en el salón, es quizá el momento de volver; saltas sobre los retablos de una vieja iglesia perdida en los Pirineos y aprovechas sus maderas para hacerte un bate de béisbol: "total", te excusas, "si no se lo han llevado será porque no lo querrán". Gritas!, gritas!, gritas! y sus ojos te miran; míralo ahora, tan bien plantado, tan erguido, parece que este a punto d decirte "te quiero", de dársete en la ausencia de luz, más se desvanece, se deshace, se ahoga en un charco de sol, sobre tu cama.
Tras la ventana canta un ruiseñor.
Abres los ojos.
La tempestad ha terminado.

Un encuentro

Inevitablemente, cuando todo parecería haber terminado, surge, tras una leve sonrisa, un quebrar lento una pestaña, un dolor ya desahogado sobre el suave ruido de la soledad, mientras se derrumban, así, todos los aires como postales desatadas de los clavos de la pared.
Nunca antes se había manifestado de tal modo la distancia entre dos vidas y, sin embargo, en aquel preciso instante en el que unos ojos se posan sobre otros a la vez que resuena lejano un adiós, nunca antes habían estado tan cerca.
Él calla y, sin embargo, quizá, solo quizá, podrían haber caído los instantes pasados como una madura granada al margen del camino. Entre tanto, ella desciende, apesadumbrada, la escalera: Noches ha que no duerme mientras intenta sofocar el grito que daría crédito a sus oídos.
Luego, un árbol cae sobre un colchón vacío y descuida asustar a la noche mientras unos niños corretean por el bosque cual recuerdos que perdieran su ordenación y quisieran ser hojas desasidas sobre océanos escarlata.
Entonces, como si no hubiera pasado nada, todo parecería terminado y, no obstante, él camina, aún, ella llora.

miércoles, 25 de junio de 2008

Rituales privados II

Tras la ventana, las risas de las gaviotas sobre la mar saludaban un nuevo día. Poco a poco, caían hojas de su piel otoñal mientras llovía sobre la almohada.
Dejo el filo sobre la mesita de noche y se levantó; sin lugar a dudas, alguna extraña alergia había invadido su cuerpo, ahora rojizo. El Sol brillaba tras las ventanas como una nueva verdad, sombra de aves sobre el agua.
El café con leche, esa mañana, no supo como tantas otras mañana mientras lavaba la navaja de afeitar. Era, sin duda, el momento oportuno para bajar los desperdicios de la noche anterior al contenedor público.
Luego se vistió, sabía que algo había terminado, y volvió al trabajo.

sábado, 14 de junio de 2008

Rituales privados

Los pasos descienden lentamente sobre el mostrador y, como el crujir nocturno de una almohada, alguien esparce un susurro por el aire de la habitación, manifestando un habla que no quiere ser escuchada.
Él caerá entonces sobre las viejas convenciones y comprenderá que no hay vuelta atrás.
Alguien se conmovera, no es momento ahora para lamentar el pasado: sabían que lo habían cuidado con toda suerte de lujos consagrandolo para aquel instante.
Luego la voz sonará y, como una vidriosa binza de hierro, resonará por todo el habitáculo llevando, con su ruptura, a la desesperación, al movimiento convulsivo y al grito de todos los presentes, salvados ya, mientras la sangre se filtra por debajo de la puerta como el llanto de una conciencia enclaustrada.

domingo, 8 de junio de 2008

Purificación

Tras escuchar sus palabras, le quedaron apenas fuerzas para cerrar lentamente los ojos mientras sus muslos dormían sobre la butaca de aquel viejo bar.
Entonces, ya dentro de sus ojos, una mano le acariciaba la piel mientras se entregaba a la delicadeza de la noche pasada.
No podía comprender lo que escuchaba y su cabeza se repetía, como una desfasada predicción, que sabía que sucedería lo ocurrido.
Comprendió que, ahora, todo cambiaba; que, no siendo ya todo como era antes, todo seguía siendo todo, y que las posibilidades de ser aquel todo que se quiso ser se perdían en el no querer ser aquel todo, mientras no compriendía nada.
Lo miró... seguía allí... no podía entender que no era este momento para permanecer demasiado tiempo en una misma situación, que tenía que marcharse... Recordaba, ahora, aquella primera noche de placer... no era posible... habían preferido esperar...
- Te dije que no se lo dijeras -Dijo mientras mantenía los ojos cerrados.
- Ya... -Sonó, lejana, una voz.
... Y ahora todo estaba perdido; no había nada más que hacer donde la nada estaba ya hecha...
Y él se levanto, dijo adiós, se giró y se fue... Ella permaneció sentada en el sofá -esa era su vida entonces- sin ver que, tras el cristal, él daba media vuelta y retrocedía pensando, como ella, en ello.